+34 616 46 92 23 jose@dbien.org

Anattā: por qué el yo duele y qué ganamos al aflojarlo

En un artículo anterior desmontamos tres ilusiones sobre el yo: la de creerlo separado del mundo, la de creerlo permanente y la de creerlo el director que lo controla todo. Queda la pregunta importante. Y esto, ¿para qué sirve?

El filósofo taoísta Wei Wu Wei lo dijo mejor que nadie:

"¿Por qué uno es infeliz? Porque el 99,9% de todo lo que piensa y de todo lo que hace es para uno mismo. Pero no hay un uno."

Hay maestros que sostienen que uno de los objetivos centrales de la meditación es acabar con la ilusión del yo. Vamos a ver por qué esa ilusión duele, y qué cambia cuando afloja.

Qué llamamos "yo"

El yo es tu identidad. Tus recuerdos, tus creencias, tus valores, lo que te gusta y lo que detestas. También tu altura, tu color de pelo, tu personalidad, tus relaciones. Y tus papeles: tu trabajo, tu ciudad, tu ideología, el equipo al que animas.

Todo eso te da una sensación de ser alguien. Alguien separado, permanente y con mando. Tu esencia.

La observación budista es incómoda: ese yo es tan cambiante y tan vacío de esencia como todo lo demás. Es un concepto más. Una construcción.

La identificación: el yo permanente y la pelea con la realidad

Cuando algo pasa a formar parte de tu "yo", empieza a afectarte.

Míralo en el fútbol. A quien no le interesa, una final perdida le resbala. Al aficionado le arruina el fin de semana. El partido es el mismo. Lo que cambia es la identificación.

Con las etiquetas personales ocurre igual, pero duele más. "Soy trabajador." "Soy perfeccionista." "Soy el fuerte de la familia." Mientras la realidad confirma la etiqueta, todo va bien. El problema llega cuando la contradice.

Imagina que te dejas la piel en un proyecto y el resultado es malo. Si te identificas con ser perfeccionista, el fallo no se queda en la tarea. Salta a ti. Ya no has hecho algo mal: eres alguien que vale menos. Un tropiezo se convierte en una crisis de identidad.

Cuanto más rígida es la etiqueta, más se pelea con la realidad. Y la realidad casi nunca pide permiso.

La culpa: el yo controlador

La segunda ilusión monta otra trampa.

Si crees que mandas sobre tus pensamientos y emociones, te haces responsable de lo que no elegiste. Aparece ansiedad, y aparece sola. Pero si "yo controlo", entonces esa ansiedad tiene que ser culpa mía.

Ahí tienes dos capas de dolor por el precio de una. El malestar, y la culpa por sentir el malestar.

La segunda flecha

El budismo tiene una imagen precisa para esto. Cuando te alcanza una flecha, duele. Eso es inevitable. La segunda flecha es la que te disparas tú encima: la interpretación, el reproche, la historia sobre lo que esto dice de ti. (Puedes leerlo aquí de manera completa).

La primera flecha es el hecho. La segunda es lo que el yo añade.

Y fíjate en que la segunda flecha necesita un yo al que clavarse. Cada ilusión le da una forma distinta. Si te crees permanente, llega como identificación: "esto demuestra que soy un fracaso". Si te crees el controlador, llega como culpa: "debería haberlo evitado". Si te crees separado, llega como comparación: "a los demás no les pasa".

Mismo hecho, tres flechas distintas. Todas apuntan al mismo sitio.

Una historia sobre el yo que se ofende

Se cuenta (no es una historia canónica) que un hombre, irritado con las enseñanzas del Buda, se acercó a él y le escupió en la cara. Los discípulos se indignaron. El Buda se limpió con calma y solo preguntó si tenía algo más que decir.

El hombre se marchó desconcertado. Pasó la noche dándole vueltas. Al día siguiente volvió, avergonzado, a pedir perdón.

El Buda le respondió que no hacía falta. El hombre que escupió ayer ya no era el que estaba allí hoy. Y el hombre al que escupió tampoco era este. Los dos habían cambiado.

(La historia es una versión moderna muy difundida, no un texto antiguo. En el Canon Pali sí hay un episodio parecido, el Akkosa Sutta, donde el Buda compara los insultos con un regalo que nadie acepta: se queda con quien lo ofrece.)

Fíjate en lo que ocurre. Un escupitajo es un hecho físico: saliva en la cara. Todo lo demás lo pone el yo. La ofensa, la humillación, la necesidad de responder. Y esa reacción necesita alguien a quien ofender, alguien fijo que quede manchado.

Cuanto más rígida es tu identidad, más superficie ofreces al insulto. Cuanto menos te tomas en serio al personaje, menos hay a lo que apuntar.

Qué se gana al aflojar el yo

Menos reactividad. Sin un centro sólido que desea y rechaza, el apego y la aversión pierden fuerza. Las cosas siguen pasando; te arrastran menos.

Menos rumiación. El protagonista de tus vueltas mentales deja de parecer tan real. Empiezas a verlo como a un personaje de una película. Los pensamientos siguen llegando, pero afectan menos y se van antes.

Más presente. Buena parte del yo es una narrativa que tira hacia atrás (culpa) y hacia delante (ansiedad anticipatoria). Al soltar el hilo, vuelves aquí.

Más conexión. Quizá hayas tenido destellos: momentos de unión con el entorno o con otras personas, distintos de la conciencia ordinaria. Suelen aparecer en estados de flujo. Escalando, pintando, tocando música. Momentos en los que estás tan absorto que la sensación de "yo" simplemente se apaga. No suelen ser momentos de sufrimiento. Suelen ser de los mejores que recuerdas.

Un matiz que importa

Cuidado con la palabra "acabar". No se trata de aniquilar el yo.

El yo hace cosas útiles. Planifica. Recuerda quién eres. Responde de sus actos. Sabe decir que no. Un yo disuelto del todo no es un iluminado; a veces es alguien que se ha perdido.

Lo que conviene aflojar no es la existencia del personaje, sino la seriedad con la que te lo tomas. No borres al personaje: recuerda que es un personaje. El sufrimiento cede cuando pasas de "soy esto" a "ahora mismo aparece esto". Menos identificación, no menos vida.

Y una advertencia final. Esto no funciona como una orden. Ordenarte estar en paz suele espantar la paz. No decides que la ansiedad no aparezca, pero puedes poner las condiciones para que se quede menos: respirar despacio, volver al presente, practicar con regularidad. No eres el director que da órdenes. Eres el jardinero que prepara la tierra.

Cierre

El yo es la superficie donde impacta el sufrimiento. A menos superficie, menos impacto.

Y no hace falta ser budista para verlo. Einstein escribió algo muy parecido:

"Un ser humano es parte del todo que llamamos universo, una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Está convencido de que él mismo, sus pensamientos y sus sentimientos, son algo independiente de los demás, una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esa ilusión es una cárcel para nosotros, nos limita a nuestros deseos personales y a sentir afecto por los pocos que tenemos más cerca. Nuestra tarea tiene que ser liberarnos de esa cárcel, ampliando nuestro círculo de compasión, para abarcar a todos los seres vivos y a toda la naturaleza."

Una ilusión óptica de la conciencia. Nada más. Y también nada menos.

Facebooktwitterlinkedin