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Anattā: tres ilusiones sobre el yo

Damos por hecho que dentro de nosotros hay un "yo". Y le atribuimos tres rasgos casi sin pensarlo. Creemos que es:

  • Independiente y separado del mundo.
  • Permanente y fijo en el tiempo.
  • El director que lo controla todo.

El budismo, origen de gran parte del mindfulness, cuestiona esa creencia. La llama anattā (an: no; attā: ser). Significa ausencia de un yo permanente, independiente y soberano.

Buda no hablaba de metafísica. Le interesaba reducir el sufrimiento, no resolver un acertijo filosófico. Buscó un yo fijo, separado y con mando, y no lo encontró. Vamos a mirar de cerca esos tres rasgos, uno a uno.

1. El yo separado

Creemos que somos algo cerrado, con una frontera nítida entre "yo" y "el mundo". Esa frontera es más borrosa de lo que parece.

Piensa en una manzana. En el frutero es claramente "no-yo". Luego entra en tu boca. Pasa a tu estómago. Sus azúcares viajan por tu sangre y construyen tus células , ¿aquí es "yo"? Más tarde, lo que excretas, aquí claramente vuelve a ser "no-yo".

¿En qué instante exacto la manzana se convirtió en "yo"? No hay línea. Hay un flujo continuo de materia que cruza una frontera que creías sólida.

Lo mismo pasa con la respiración. El oxígeno que hace tres segundos estaba en el aire ahora alimenta tu cerebro. El dióxido de carbono que era "tú" ya forma parte del aire que respira la persona de al lado. Vives en intercambio constante. Eres más un proceso que un objeto, como una llama o un remolino.

Tu cuerpo tampoco se queda quieto. Se renueva sin parar. Los glóbulos rojos viven unos 120 días. El revestimiento del intestino se renueva en pocos días. El esqueleto se remodela a lo largo de años. Eres un patrón estable, no la materia concreta.

Hay más. Llevas aproximadamente tantas células bacterianas como células humanas. Esos microbios influyen en tu digestión y en tu humor. ¿Son "yo" o son "mundo"?

Incluso el idioma en que piensas te lo dio una cultura. También tus valores y tus gustos. Ni el software con el que construyes tu "yo" es tuyo de origen.

La conclusión es sencilla. Sin sol, aire, agua, comida, bacterias y otras personas, ese "yo separado" no dura ni unos minutos. No es independiente. Es un nudo en una red.

2. El yo permanente

Creemos que somos los mismos de siempre. Esa idea también se tambalea cuando la observas.

Imagina que ves el río Manzanares este fin de semana. Vuelves dentro de dos meses. Las dos veces dices que has visto "el Manzanares". Pero ¿es el mismo río? El agua fluye sin parar. Las piedras y los sedimentos se mueven. La vegetación en las islas es distinta. La vida acuática cambia. Aun así, le damos un nombre fijo y lo tratamos como algo inmutable.

Hacemos lo mismo contigo. Mira diez, veinte o treinta años atrás. Casi todas tus células son otras. Tu aspecto es otro. Tus intereses y tus deseos cambiaron. Quizá hoy te apetece quedarte en casa un sábado por la noche, algo que antes era impensable. Hasta las personas de tu círculo cercano son ahora distintas.

El psicólogo Dan Gilbert estudió este punto ciego. Lo llama "la ilusión del fin de la historia": creer que la persona que somos hoy es la que seremos siempre. No lo es. (Te dejo aquí la charla Ted que lo explica)

"La persona que eres ahora es tan transitoria, efímera y temporal como todas las personas que has sido alguna vez. Una constante en nuestra vida es el cambio." Dan Gilbert

El filósofo Derek Parfit lo llevó al extremo con un experimento mental, recogido también por Sam Harris. Imagina una cámara que escanea tu cuerpo y tu cerebro y reconstruye una copia exacta en Marte. Hay un detalle inquietante: la copia se crea antes de destruir tu cuerpo en la Tierra. Tu doble empieza el día en Marte con todos tus recuerdos, mientras tú sigues en la cámara, esperando que te eliminen. La copia es idéntica a ti. Pero ¿es tú? La mayoría siente que no. Y si los recuerdos no bastan para garantizar que sigues siendo el mismo, ¿qué queda del yo fijo que creías ser?

3. El yo director

Creemos que dentro de nosotros hay un jefe que decide y controla. Esto se puede comprobar.

El Buda lo planteó en su segundo discurso, el Anattalakkhaṇa Sutta (SN 22.59). Recorre todo lo que somos (cuerpo, sensaciones, percepciones, impulsos mentales y conciencia) y de cada cosa dice lo mismo. Sobre el cuerpo:

"La forma [el cuerpo] es no-yo. Pues si la forma fuera el yo, no conduciría a la aflicción, y sería posible decir: 'Que mi cuerpo sea así; que mi cuerpo no sea así'. Pero como la forma es no-yo, conduce a la aflicción, y no podemos ordenarle cómo ser."

Conviene aclarar algo, porque es fácil malinterpretarlo. El Buda no dice que no controles nada. Es evidente que puedes levantar el brazo. Lo que niega es la existencia de un yo soberano, un dueño absoluto. Si dentro de ti hubiera un director con poder real, ese poder sería total. Podrías ordenar "que mi cuerpo no envejezca" o "que esta ansiedad cese ahora", y obedecerían. No obedecen. Y además te causan sufrimiento. Luego ese "yo" no es el amo. Tienes influencia parcial, no control.

Esto no lleva a la resignación, sino a lo contrario. No mandas sobre los resultados, pero sí puedes crear las condiciones que los favorecen. No decides si envejeces; envejeces igual. Pero si te mueves, comes bien y cuidas tus vínculos, es probable que llegues a esa vejez con más salud y vitalidad. De hecho, las buenas relaciones sociales son uno de los mejores predictores de una vida larga y sana. No decides si te duermes ahora mismo; pero si cuidas tus rutinas de sueño, te dormirás antes. No decides si surge la ansiedad; aparece sola. Y aun así, si meditas con regularidad es menos probable que aparezca, y si respiras despacio y vuelves al presente, suele marcharse antes. No eres el director que da órdenes. Eres más bien el jardinero que prepara la tierra: no controlas si la semilla brota, pero pones las condiciones para que ocurra.

Puedes comprobarlo tú mismo en unos segundos.

Durante medio minuto, no pienses en un oso blanco. Es casi imposible. El psicólogo Daniel Wegner lo demostró: intentar suprimir un pensamiento lo hace más probable. Si fueras el director de tu mente, bastaría con dar la orden.

Prueba otra. Intenta dormirte por pura voluntad. Cuanto más te ordenas "duérmete ya", más despierto estás. El control directo se vuelve en tu contra.

O esta. Ordénate sentir alegría ahora mismo. No funciona. Una emoción no se enciende como una bombilla.

Y una última. ¿Cuál será tu próximo pensamiento? No lo sabes. Si tú fueras su autor, lo conocerías antes de que llegue. Los pensamientos surgen; no los fabricas. Lo mismo ocurre con el latido, la digestión, el envejecimiento o el hambre. Casi todo lo que te mantiene vivo sucede sin tu permiso.

¿Qué queda?

Tres rasgos, tres caídas. El yo no es separado: vive en intercambio constante con el mundo. No es permanente: cambia como un río. No es el director: solo influye, no manda.

No hace falta una conclusión solemne. Basta con dejar la pregunta abierta. Si quitamos esos tres rasgos, ¿qué queda de "yo"? Observarlo en primera persona, en la quietud de la meditación, suele enseñar más que cualquier respuesta.

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