En un monasterio del sudeste asiático, con la puesta del sol, estaban tres monjes novicios escuchando al abad del monasterio hablando sobre cómo aceptar permite estar en paz con el dolor.

Al día siguiente, los tres monjes comieron comida en mal estado. Y por la tarde estaban con un dolor de tripa terrible.

El primer monje, con un gran dolor, trata de de aceptar.

– Acepta- Se dice así mismo y espera.
– ¡Acéptalo!- Se repite cuando nada cambia
– ¡Venga, acéptalo!
– ¡Vamos, acéptalo de una vez!
– ¡Te estoy diciendo que lo aceptes!

Es lo que solemos hacer la mayoría de las veces. Intentamos controlar la situación, aceptar significa que no hay nadie que controle y permitir lo que sucede.

El segundo monje, con un dolor terrible, recuerda esto y acepta que no haya nadie que controle. Se sienta con el dolor, creyendo que lo está aceptando. En su mente hay algo parecido a esto:

– Aceptaré el dolor durante 10 minutos y tú, dolor, desaparecerás ¿de acuerdo?

Intenta hacer una especie de trato con el dolor. Diez minutos después, el dolor sigue siendo el mismo. Se queja que aceptar no funciona.

Aceptar no es un método para eliminar el dolor, sino para sentirse libre del dolor, para estar en paz con él. Y el segundo monje estaba intentando eliminar el dolor.

El tercer discípulo, también con un dolor horrible, le dice al dolor algo parecido a esto:

– Dolor, bienvenido, la puerta de mi corazón está abierta para ti, me hagas lo que me hagas. Entra.

El tercer discípulo está totalmente dispuesto a permitir que el dolor continúe tanto tiempo como quiera. Está dispuesto, incluso, a que el dolor empeore. Da libertad al dolor. Deja de tratar de controlarlo. Que el dolor permanezca o se vaya es ahora lo mismo para él. Esto es aceptar plenamente.


Historia del libro:

Brahm A. (2015). La vaca que lloraba: y otros cuentos budistas acerca de la felicidad. Kairós.


 

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